
De cartas tradicionales a imperios globales: cuando Nintendo nació en un mundo de sultanes
Mucho antes de convertirse en uno de los gigantes del entretenimiento digital, Nintendo tuvo un origen humilde y profundamente ligado a la cultura japonesa. Fundada el 23 de septiembre de 1889 en Kioto por Fusajiro Yamauchi, la empresa no tenía relación alguna con consolas, pantallas o tecnología. Su propósito inicial era fabricar cartas hanafuda, un tradicional juego japonés utilizado tanto para el entretenimiento como para apuestas.
En aquella época, Japón vivía un proceso de transformación tras la Restauración Meiji, modernizándose rápidamente mientras mantenía vivas muchas de sus tradiciones. Las cartas hanafuda encajaban perfectamente en ese equilibrio entre lo antiguo y lo nuevo, y Nintendo logró posicionarse como un fabricante de calidad en este nicho.
Pero lo verdaderamente fascinante es el contexto global en el que surgió esta pequeña empresa. Mientras en Kioto se producían cartas artesanales, en otra parte del mundo aún existía el poderoso Imperio Otomano, una de las últimas grandes estructuras imperiales que dominó territorios durante siglos. Este imperio no desaparecería hasta 1922, tras profundas crisis internas y el impacto de la Primera Guerra Mundial.
Esto significa que durante más de 30 años, Nintendo coexistió en el mismo mundo que un imperio que había sido protagonista de la historia durante más de 600 años. Dos realidades completamente distintas compartían el mismo tiempo: por un lado, una empresa artesanal en Japón dando sus primeros pasos; por otro, una potencia imperial en sus últimos días.
Con el paso de las décadas, Nintendo evolucionaría de formas inesperadas: experimentó con juguetes, cartas modernas, e incluso negocios poco relacionados, hasta que en el siglo XX encontró su camino definitivo en los videojuegos, revolucionando la industria con personajes icónicos como Mario.
Este contraste histórico deja una reflexión poderosa: las grandes historias no siempre comienzan siendo grandes. A veces, nacen en silencio, mientras el mundo alrededor cambia, cae… o desaparece.